De nuestra identidad como huella

Por Violeta Sabater

El primer encuentro con la sala al entrar en ella nos devela un espacio amplio, alargado, con unos ventanales que dejan filtrar una luz exterior, ocupado por todos los actores sentados en el piso, quienes miran a los espectadores mientras van ocupando sus sillas, interpelándolos con su mirada ya desde el comienzo –y lo harán durante todo el espectáculo de diferentes maneras–. El paraíso perdido surgió como resultado de un seminario de creación y experimentación dirigido por César Brie –de reconocida trayectoria en el teatro argentino, quien fue miembro del Odin Teatret durante diez años, y fundador del Teatro de los Andes-, donde se seleccionaron veinte intérpretes con el objetivo de presentar un montaje final, en el marco de la Bienal de Arte Joven del año 2015. Se estrenó en septiembre de ese año en el teatro Santos 4040, y continuó realizando funciones durante el 2016, el 2017, y en el día de hoy cuenta con once actores, todos jóvenes de no más de treinta años.

La obra le permite vivenciar al espectador un recorrido sobre el recuerdo y el relato de la infancia, constituyendo un fluir de imágenes narradas por el devenir de los cuerpos de los actores, su interacción entre ellos y con los objetos, sobre esta época constituida como “paraíso perdido”, y sus momentos de felicidad, regocijo, angustia, al decir de los propios actores hacia el final: “esto te pasa por crecer”, “esto te pasa por amar”, “esto te pasa por querer ser”.

Foto 1 cesar brie

 

La sala establece bastante cercanía entre el espacio de la ficción y el de los espectadores, determinando un vínculo constante, en donde la mayoría de los textos que enuncian los actores se dirigen hacia el espectador y lo interpelan. Los cuerpos y los objetos pueblan el espacio –presentado en cierta desnudez, sin la utilización de bambalinas, con una iluminación natural que se llega desde las ventanas y de tubo blanca, destacando la madera del suelo-, se hacen presentes en la sala vacía, la habitan, constituyendo la escenografía misma. Se trata de un cuerpo que narra poéticamente mediante sus movimientos, sus danzas, su ubicación en el espacio, su interacción con los objetos: los once cuerpos son once y un cuerpo al mismo tiempo, construcción coral y colectiva, se relevan, se sostienen entre sí, haciendo unas veces de madre, de padre, de niña o niño, de éstos al mismo tiempo. El actor se constituye como cuerpo que da virtualidad a una narración anclada en el recuerdo personal. Incluso el actor mismo se desdobla en otro actor, lo señala, enunciando que se trata de él mismo, que ese otro actor lo está encarnando.

fotoo 2 cesar brie

 

El cuerpo es referencia de sí mismo y de la propia identidad de los actores, estos se dirigen a público al comienzo declarando sus nombres reales, presentándose y relatando algunas características de su biografía, por lo general vinculadas a lo familiar, los lazos que nos definen en la infancia y nos van conformando como sujetos. Texto y cuerpo se entrecruzan, al igual que la conformación del espacio, en esta característica de “desnudez” o despojo.  En una narración fuertemente anclada en lo autobiográfico, se suceden las historias de familias, de violencia doméstica, casos de bullying, abusos, violencia de género, el caso de un sobreviviente de Cromagnón que entra en relación con la historia de nuestro país, las confesiones de las propias inseguridades y hechos íntimos de los actores. Casi todo lo dicho en escena funciona a modo de relato y confesión del actor hacia el espectador, estableciendo una dialéctica entre en los sucesos particulares de las vidas individuales y lo que es colectivo, múltiple (el amor, el abandono, la violencia, la soledad), aquellos hechos que se constituyen como hitos en la vida humana y que dejan en nosotros una marca, una huella, conformando de alguna manera nuestra identidad.

Generando un torrente emocional, sensible, y auténtico en el espectador durante toda la obra, con una economía y austeridad notables, los actores se muestran a sí mismos y a sus cuerpos, ponen al desnudo sus experiencias, sus miedos, sus traumas, sus heridas vividas, experiencias individuales y también colectivas, que determinan una identidad. Actualizar y revivir los “paraísos” perdidos, lo que ya no está, pero aún pervive en los golpes que hemos llevado y llevaremos siempre a cuestas.

 

Se presenta todos los domingos a las 17hs en el teatro Santos 4040, en Santos Dumont 4040.

Ficha técnico artística Intérpretes: Micaela Sol Carzino, Sofía Diambra, Sebastian Gui, Iván Hochman, Gabriela Soledad Ledo González, Florencia Michalewicz, Ignacio Orrego, Alejandro Parente, Abril Piterbarg, Liza Taylor, Manuel Tuchweber

Música original: Pablo Brie

Arreglos musicales: Matías Wilson

Producción: Bienal Arte Joven Buenos Aires, Banfield Teatro Ensamble, César Brie

Director asistente: Ignacio Gómez Bustamante, Nelson Valente

Dirección: César Brie

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