El espacio utópico de Federico Jorge Klemm

Por Martina Szajowicz

En el centro porteño se esconde una de las fundaciones de arte más interesante que se puede visitar allí. La Fundación Klemm condensa una gran cantidad de obras de artistas reconocidísimos, como: Andy Warhol, Yves Klein, Mapplethorpe, De Chirico, Magritte, entre otros. El trabajo de hallarla se compensa con el placer visual que nos causa observar todas esas obras dentro. Las salas se recorren con una mirada atenta y al mismo tiempo confusa, ya que no se puede entender todo lo que posee y lo poco difundida que está la fundación. Además, su entrada es libre y gratuita, con una gran franja horaria de apertura, permitiéndole mayor convocatoria aún.

Al adentrarnos en la fundación, nos encontramos con las distintas salas que nos llevan una a otra, generando que nuestro recorrido sea inequívoco y su lectura determinada. En cada una hay distintos ejes que las rigen pero todas tienen como base que pertenecen a la colección de Federico Jorge Klemm. Para quienes no lo sepan, Klemm fue un artista y mecenas nacido en Checoslovaquia, actual República Checa. A los 8 años se muda a Buenos Aires y realizó estudios en artes plásticas, canto y artes dramáticas; llevándolo a que en los ’80 realice numerosas perfomances. Mientras desarrollaba su arte y su programa de televisión “El banquete temático” emitido por Canal á, compraba obras modernas y contemporáneas internacionales y nacionales. Esto lo realizó en silencio, casi nadie sabía de su colección, hasta que inaugura su propia galería en 1992.

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Cada sala tiene su propia impronta distinguible: el cuestionamiento de la percepción, nuevas estéticas rupturísticas, la figura del artista vinculando la vida y el arte, las relaciones del arte moderno-contemporáneo con su pasado grecorromano y la imaginería cristiana, el consumo y las obras de arte que se vinculan con el trabajo de Klemm. Por más que las salas presenten estos ejes curatoriales, uno siempre se queda maravillado por las obras que hay en ellas; por lo tanto, uno olvida de ese guión y permite deleitarse con esas joyitas.

A veces puede parecernos un poco utópico. Espacios bastante setentosos pero al mismo tiempo mágicos con todo lo que se presenta, como si realmente estuviéramos contemplando en una realidad paralela. Dejarse llevar y maravillar es premisa esencial en este espacio atemporal. Si bien puede llegar a chocarnos cierta estética del espacio, disposiciones o conservación, es algo realmente inigualable, por lo pronto, en la ciudad de Buenos Aires.

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