Pororoca

Por Pablo Di Tullio
En principio, la mención de las palabras “nuevo cine rumano” hace que el que escucha inmediatamente dirija su atención a otro lado. Más en detalle, no son ni la palabra “nuevo” ni la palabra “cine” lo que espanta al interlocutor, sino el gentilicio en cuestión. Lo rumano, por lo desconocido, asusta. Conocemos poco y nada acerca de ese país, y probablemente nuestro inconsciente lo rechace automáticamente por un recuerdo reprimido de 1994, en el que nos dejaron afuera del mundial. Reprimido el mal recuerdo, al resonarnos las palabras “nuevo cine rumano” vislumbramos imágenes en calidad VHS, planos oscuros y fuera de foco de una viejita en una mecedora dentro de una casucha pobre, y una historia en la que no pasa absolutamente nada. Bueno, veamos por qué no.
Las primeras escenas de Pororoca, La desaparición -tercera película de Constantin Popescu, estrenada en este BAFICI-, nos presentan a una familia tipo (padre, madre, hijo, hija) en su cotidianeidad: alguien preparando la cena, los padres hablando de su vida sexual, algún reto por un juguete que quedó tirado y alguna revisación inoportuna de un teléfono celular. El espectador, según su tendencia, empatizará más o menos con los niños, y envidiará más o menos el matrimonio sólido de la pareja protagonista, pero lo que es seguro es estará cada vez más lejos de su idea de la viejita de la mecedora: nada como una familia europea de clase media sin problemas económicos para que el argentino promedio que no llega a pagar el alquiler se sienta identificado. En resumen, nada de aburrimiento hasta acá.
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Un día cualquiera, el padre lleva a sus dos hijos al parque, y vuelve con uno solo, tal como lo anuncia el título. En pleno día de sol y juegos, uno de los personajes desaparece sin explicación. Desesperación, rejunte de gente, policía, comisaría, denuncia y comienza la historia en sí, de la forma más realista que se puede narrar lo que conlleva la desaparición de un niño: un amargo e inevitable sentimiento de culpa, el retorno obsesivo al lugar, las rispideces con la policía, el intento desesperado de encontrar pistas en cualquier lado, las torpezas y estupideces del entorno íntimo y la destrucción paulatina de los vínculos familiares. Nada inesperado.
Ahora bien, ¿qué es lo que hace a esta película diferente de cualquier drama yanqui con pretensiones de Oscar a mejor guión? La manera en que es narrado, y sobre todo el montaje. La desesperante escena del parque está montada en un único plano de 18 minutos de duración. 18 minutos sin un corte, y el espectador alerta y tan desesperado como el protagonista. Pororoca –y junto con ella el nuevo cine rumano en general- nos trae esta manera bastante novedosa de escenificar la tensión: planos largos, muchas veces fijos y abiertos, en los que el espectador mira de lado a lado de la pantalla, esperando encontrar antes que el personaje lo que se está buscando. En numerosas escenas, la acción se sucede sin diálogos, y el espectador se mantiene en vilo: la historia se sigue contando. Aparece por ahí alguna que otra reminiscencia a la Funny Games, de Michael Haneke, y a algunas películas de los actuales exponentes del nuevo cine rumano, como Pescuit sportiv, de Adrian Sitaru, artífices de un estilo similar e igual de efectivo. A esto se le suman unas actuaciones brillantes, con total eficacia para transmitir los sentimientos de cada personaje, logrando incluso que los snobs y los críticos nos olvidemos, conmovidos, de analizar la actuación.
De todos modos, valga la aclaración de que la historia no se limita a narrar un drama familiar a partir de un hecho trágico. La desaparición implica una serie de consecuencias, en la que la historia y los personajes irán evolucionando y enturbiándose cada vez más. Continuar este párrafo sería spoiler, así que punto y aparte.
Va siendo hora de que le demos una oportunidad a un tipo de cine algo diferente, dejando de lado los prejuicios que justificadamente tenemos por culpa de bodrios de Europa Europa, y vamos a descubrir que se puede contar una historia sin un montaje a lo MTV, tiros ni tetas (que no tienen nada de malo, por supuesto). Pongamos a prueba a Popescu, a ver si cumple con el desafío que su película propone: atraparnos, angustiarnos y desesperarnos sin tiros, golpes bajos ni planos cortos.
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