La desnudez feminista

Por Martina Szajowicz

En 1985, lo dijeron las Guerrilla Girls: “¿Tienen que estar desnudas las mujeres para entrar al Met?” parecería que sí. Únicamente el 5% de la colección de arte moderno pertenece a mujeres y el 85% de los desnudos son femeninos. Sin embargo, la pregunta que podemos hacernos hoy, 33 años después, es si algo ha cambiado.

El feminismo ha estado presente, en las artes visuales, desde el inicio de la era moderna. Gracias a la figura de Marianne que, durante la Revolución Francesa, representó los valores de la nueva república: “la libertad, igualdad y fraternidad”. Además de ser la mujer empoderada que guía al pueblo y lucha a la par o inclusive a un nivel superior que los propios hombres de la época, logró unirlos a partir de la representación de sus pechos como un alimento que nutre a todo el pueblo por igual. Sin embargo, su desnudez, posible de apreciar en obras como La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, sigue poseyendo toda esa carga simbólica del desnudo femenino, que por más que guíe, sigue ocupando un rol impuesto: el de madre.

Delacroix

Si bien el revisionismo histórico-artístico ha logrado rescatar ciertas artistas mujeres pertenecientes al barroco como Artemisia Gentileschi, Sofonisba Anguissola, Lavinia Fontana, Clara Peeters, entre otras; dándonos a entender que no sólo las mujeres fueron retratables sino que además existieron artistas. Solían trabajar géneros menores, como la naturaleza muerta o el paisaje, pero también se encuentran autorretratos y escenas bíblicas. No olvidemos que se pudo confirmar la violación de Artemisia Gentileschi, por parte de su maestro, a partir de aquellas obras donde mostraba la venganza de Judith decapitando a Holofernes. Sin embargo, es interesante recordar que las mujeres que podían acceder a clases de dibujo y pintura eran únicamente las que provenían de una familia con privilegios socio-económicos, no obstante sigue siendo poca la cantidad que pudieron dedicarse al arte frente a la de los hombres. Debemos agregar que existió y existe un claro solapamiento de información, generando mayor inexactitud sobre los datos de estas artistas. Pero es, tal vez, a partir de finales del siglo XIX que algunos nombres comienzan a sonarnos más familiares como el de Camille Claudel, Louis Bourgeois, Natalia Goncharova, Berthe Morisot, Georgia O’Keeffe, Frida Kahlo, Tarsila do Amaral, entre otras. No obstante, siguen siendo casos aislados.

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Actualmente, y gracias también a todas las revueltas sociales surgidas entre los ’60 y los ’70 a nivel mundial, se ha logrado darle un nuevo espacio a la mujer. Se ha comenzado a estudiarlas en las universidades y hasta los niños reconocen a ciertas artistas por su impronta pictórica. Aunque esto, no debería corrernos del foco. Su estudio sigue siendo apartado, se sigue hablando de artistas mujeres: aclarando su genitalidad. Tampoco es preciso olvidar que existen historiadores del arte que mezclan datos de su vida personal para hacerles más cautivadoras sus historias, sobre todo con respecto a su orientación sexual o la carga de sexualidad en sus obras.

Es por eso que es preciso un estudio cuidado y pensado de las artistas, como iguales. La inclusión de las mismas en los museos, su visibilidad y su propagación debe ser equitativa a la del hombre, ya que por más que vivimos en un mundo más igualitario, la desigualdad se continúa observando tanto en la práctica como en la teoría artística, así como también en cualquier ámbito social.

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