La peregrinación por la identidad

Por Melina Martire

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Un hombre es llevado a la fuerza de su hogar en las tierras áridas de San Juan, hogar de Sarmiento, en época de guerras internas. Su esposa  y su hijo van en su búsqueda. Emprenden una travesía eterna por paisajes desérticos y agobiantes que atraviesan la historia argentina. Subyace la convicción en la escritura como construcción identitaria. Un relato que reúne el melodrama, el grotesco, el absurdo, la comedia, y la crítica social para elaborar una mezcla pastosa y áspera que nos representa, como la arena, el agua y el viento cuando se juntan.

La Deolinda (Alejandra Flechner) nos advierte en el prólogo que esta travesía no es necesariamente triste, no quiere ponerse lastimera aunque su tono de voz tiene algo de llorona. Palabras estiradas como por efecto del viento zonda, pausas largas, un cuerpo que se desarma, plástico y resistente. Lleva en sus brazos al vebo (lo pronuncia remarcando una incorrecta v), su pequeño bebé, fruto de la relación con Baudilio Bustos, el hombre ausente.

Ya presentados los personajes y la trama, el director Nacho Bartolone introduce un giro sensacional que descoloca al espectador y pone entre paréntesis cualquier apreciación clásica de la relación madre-hijo. El vebo es interpretado por un hombre corpulento, con barba y voz grave, vestido con un gran body azul y babero al tono. Santiago Gobernori pone el cuerpo a este personaje complejo, por momentos bebé, por momentos adulto, con una ductilidad corporal admirable. El bebé no tiene nombre aún, no puede constituir una identidad y tampoco una subjetividad separada de la madre, como bien él mismo manifiesta. Desarrolla una explicación freudiana desopilante a través de la que demuestra por qué se considera el todo del universo. Las fases del desarrollo psicológico del niño se explicitan a través de reflexiones sobre la maternidad, el destete y la leche como elixir. El camino de individuación del pequeño es paralelo al progreso de la obra. A medida que construye castillos de arena delimitando, trazando y adoctrinando para formar la patria, se constituye a sí mismo como sujeto.

Mientras tanto, la Deolinda sufre la pérdida de su amado y el viaje interminable. Sueña despierta, está mareada, sedienta y perdida en el desierto. Intenta encontrar pistas en un mapa diminuto y desgastado que muestra el camino hacia La Rioja, tierra del patilludo feo. Finalmente comprende que la aventura es imposible y que deberá ocupar un nuevo rol en la familia, siendo padre y madre al mismo tiempo.

La creación de ese universo ficticio, sueño eterno que sin embargo resulta tan cercano y real, se completa con una escenografía maravillosa. Un paisaje interminable de llanura áspera y pequeñas sierras, con desperdigados cactus de variadas formas. Al costado de la escena acompañan dos músicos, una mujer, guitarra en mano, vestida de planta espinosa y un tecladista vestido de pequeño condor. La creativa composición musical da ritmo y suspenso a la trama, completando la original puesta en escena.

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La madre del desierto dialoga de este modo con la construcción y destrucción de la patria y el ser argentino, inevitables referencias a la Conquista del Desierto se cuelan en este collage cómico e irreverente. Rosas, Sarmiento, Quiroga, frente a una mujer y su hijo sin identidad. La patria se constituye a través de ellos y muchos otros desconocidos que dejaron sus huellas, sudor y sangre en el suelo argentino.

De jueves a domingos 21hs. Teatro Nacional Cervantes, Sala Orestes Caviria (Libertad 815, CABA). Entradas $120. Est y jub $90

Ficha técnico-artística:

Actúan: Alejandra Flechner, Santiago Gobernori

Músicos en escena: Victoria Barca, Franco Calluso

Producción:  Silvia Oleksikiw

Asistencia de dirección: Gladys Escudero

Colaboración artística: Maria Florencia Rúa

Música Original: Franco Calluso

Diseño audiovisual: Leo Balistrieri

Iluminación: David Seldes

Escenografía y vestuario: Endi Ruiz

Coreografía: Carolina Borca

Dirección: Nacho Bartolone

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