Lo contemporáneo, lo posmoderno, y varias preguntas en Tres Finales

Por Matías Katz

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Hace no muchos años atrás un filósofo del arte, Arthur Dantó, planteó en su libro Después del fin del arte, la pregunta que se hacia el arte a cerca de qué es arte y qué no. Más concretamente se hacía esta pregunta: “¿Por qué soy yo una obra de arte?”. Sin duda el tema a cerca de la especificidad de lo artístico y sobre la autonomía del arte es una problemática que recorre desde el modernismo hasta el día de hoy, con autores que van desde Benjamin a Adorno, hasta el mismo Dantó, y así podemos nombrar a varios mas que han desarrollado un pensamiento sobre qué es el arte, qué no es arte, qué diferencia al arte de otras disciplinas y cuál debería ser el campo específico del arte.

Y de algún modo Rafael Spregelburd pone en el centro del debate esta pregunta, pero la expande a tres formas distintas a cerca de lo contemporáneo, pero que sin dudas entre ellas tienen puntos en común, y de algún modo hablan de lo mismo: el final como una cuestión en debate. El final como un discurso desde el cual se puede posicionar un discurso para otros, nunca para uno mismo. Entonces de esta forma se plantea Tres finales, de Rafael Spregelburd (El fin del arte, el fin de la realidad y el fin de la historia). Tres escenas donde el espectador se hace la pregunta acerca del pasado y de un presente que convive con lo anterior y que siempre puja entre lo que estuvo y lo que vendrá, intentando producir su propio discurso, o intentando que lo anterior no desaparezca, o que lo nuevo no llegue, o simplemente intentando.

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Entonces en la primera escena (El fin del arte) vemos dos líneas de acción que se interponen. Por un lado arte academicista contra el arte antiacadémico; y por otro lado, la conocida frase “la realidad supera toda ficción”, donde se debate en escena sobre un caso real: una señora de un pueblo español que quiso restaurar una vieja pintura religiosa que estaba en la pared de la capilla del pueblo. En esta discusión  aparecen como protagonistas dos profesores de la facultad de Artes y Humanidades de alguna universidad en Francia, con dos posturas opuestas. Aquí aparece de forma explícita la cuestión acerca de qué es arte y qué no es arte, o si por ejemplo un “meme” (las llamadas fotos trucadas o fotoshopeadas que buscan generar humor a partir de un hecho real y concreto), es arte. Y es que indudablemente si pensamos en un “meme”, pensamos en la fan page de facebook Eameo y su humor con hechos coyunturales o conocidos, donde aparece el elemento discordante en la imagen. Pero también podemos pensar en la escena de la película Mr Bean, (del genial actor Rowan Atkinson) donde este simpático personaje estornuda sobre un cuadro en una galería de arte, y para solucionar el problema generado recurre a mecanismos poco hortodoxos.

La primera de estas tres obras breves, el fin del arte, pone en debate al arte mismo. Y para ello Spregelburd recurre a dos hechos reales y concretos. Por un lado el ya mencionado “ecce mono” (como se describe en el programa de mano) donde se muestra a la señora del pueblo español, pero también se recurre a un hecho menos conocido y es el que tuvieran España y Portugal por sus fronteras. De esta manera, el autor y director de Tres finales trabaja muy bien el plano argumentativo desde lo histórico para poner de relieve (como si lo que se alude siempre está escondido detrás del diálogo que se encuentra en la superficie) el tema principal: el corrimiento de las fronteras de lo que hoy llamamos arte; entonces de este modo vuelve la pregunta: ¿Qué es arte? ¿Qué no es arte?

Para la segunda obra breve, el fin de la realidad, Spregelburd trabaja una situación donde hay un hombre hablando por teléfono un tema irrelevante que está siendo traducido a varios idiomas distintos en simultáneo. Entonces surge la pregunta: ¿Qué es lo importante?, o ¿Qué es lo importante de la realidad?, o si estamos viviendo en una realidad virtual, una realidad que se licua.

Para la última de las tres obras breves, el fin de la historia, lo que vemos es un elenco que quiere representar una obra que ha sido representada durante décadas, o tal vez siglos. Y si en la primera de las tres obras, lo que se observa es la puesta en crisis de aquello que llamamos “arte”, en esta se pone en crisis la cuestión de la representación. Porque, ¿para qué representamos obras ya clásicas?, o ¿qué es esto que llamamos teatro contemporáneo, o teatro pos dramático? Entonces de esta forma, vemos un elenco que intenta ensayar esta obra con diferentes recursos, desde los clásicos hasta los mas contemporáneos donde se mezcla el teatro y la danza contemporánea. Y así es que transcurren los intentos y así transcurre la historia, y a fin de cuentas empezamos a pensarnos como seres contemporáneos, o inmersos en un presente eterno.

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Spregelburd se basta de una gran amplia variedad de recursos que sabe muy bien utilizar para plantear temas que siempre aparecen en la superficie de los debates, pero que solemos invisivilizarlos, tal vez por pereza, tal vez porque simplemente al estar sumergidos en el presente cotidiano nos cuesta abstraernos. Por eso se agradece la lucidez de un teatrista que nunca deja de pensar, pero siempre con acción, y sobre todo con muy buenas actuaciones, como ya ocurriera recientemente con otra obra suya, La Terquedad.

 

*Esta obra tuvo 5 funciones durante agosto en el Teatro de la Ribera, del Complejo Teatral de Buenos Aires, habiendo sido estrenada y comisionada en 2016 en el Teatro Argentino de La Plata, Centro de Experimentación y Creación. (TACEC)

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