Piovano, el narrador lúcido

Por Paola Olari Ugrotte

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(Foto del trabajo “El costo humano de los agrotóxicos” por P.E. Piovano)

La entrevista es en un bar de Constitución, cerca del diario donde se gana la vida. La mesa está repleta del sol de la siesta pero Pablo Ernesto Piovano no se achica, solo entrecierra los ojos para encarar la charla.

Aprovecha para almorzar porque viene de charlas de Skype. Está ultimando los detalles de la presentación del libro “El costo humano de los agrotóxicos” en el festival de Arles, Francia, en julio.

Después de circular la muestra por varios de los espacios más prestigiosos de la fotografía documental pudo alcanzar su objetivo gracias al premio Philip Jones Griffiths de Magnum y la editorial alemana Kehrer. A la edición propuesta con una visión del mercado del arte Piovano agregó de su bolsillo 24 hojas más a las 120 establecidas, para incluir infografías, textos y datos indispensables para comprender la dimensión del problema que refleja su trabajo.

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(Foto del trabajo “El costo humano de los agrotóxicos” por P.E. Piovano)

El registro que realizó desde noviembre de 2014, en 5 viajes con su propio auto, sumando en alguno de ellos como cronista a Carlos Rodríguez porque había que contar también con palabras la historia, está terminando una etapa, la de las víctimas. Cuando tuvo el material en sus manos reconoció que le quemaba, que debía encontrar la manera de mostrarlo, algo que habitualmente no le pasaba con sus fotos, pero veía difícil lograrlo por el contexto editorial en el país. Considera que aún faltan algunas patas de la mesa para completar el tema, sin embargo está orgulloso de que el material ya se utilizara como prueba contra Monsanto en el Tribunal de La Haya. Quiere que se muestre al mundo que es un conflicto universal, no local, entonces se sentirá un hombre útil, lo que no es poca cosa.

Habiendo comenzado a hacer fotos como terapia para un adolescente rebelde en el laboratorio de su padre, Juan Carlos Piovano, reconocido fotoperiodista, finalmente entró como pasante en Página 12, cuando tenía 18 años, donde aún continúa trabajando. Cuenta que no le regalaron nada, el espacio se lo ganó cubriendo las notas poco interesantes que le daban hasta que después de un año el editor reconoció que ya veía “su” fotografía y comenzaron a darle asignaciones más serias.

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(Foto del trabajo “El costo humano de los agrotóxicos” por P.E. Piovano)

La realidad le urgía y se involucraba con las asambleas populares junto a colegas como Gonzalo Martínez, hoy subeditor de diario y a quien nombra como uno de sus maestros. Producto de esos días es el libro “Diciembre y después. Episodios argentinos” que lleva textos de Tomás Eloy Martínez y fotografías de ellos y otros 3 fotógrafos (Gustavo Mujica, Alfredo Srur y Bernardino Avila).

Ante la pregunta de la relación entre el arte y el documentalismo  se define como portador de un instrumento que se debe poner al servicio, porque se es responsable. Algo así sintió la primera vez que tomó conciencia de la herramienta, y que recuerda, fue durante los sucesos de la crisis del 2001.

A tal punto siente ese hecho histórico como fundacional que describe una escena ocurrida en plena Plaza de Mayo, en medio de la violenta represión del 20 de diciembre de 2001 cuando se encontró por primera vez con su padre como colega. Nunca había querido transmitirle el oficio, sabía del menosprecio que existía y prefería otro destino para su hijo. Pero estando allí los dos en igualdad de condiciones, éste le prestó un teleobjetivo que Pablo considera un legado. Aunque la intención era alejarlo de los riesgos del conflicto escondía un verdadero acuerdo de confianza que selló para siempre el vínculo y la vocación, se miraron mutuamente en actitud de cuidado hasta que Piovano hijo se perdió entre los gases con las ansias aventureras de la edad.

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(Foto del trabajo “El costo humano de los agrotóxicos” por P.E. Piovano)

Es que la inquietud de Pablo sigue siendo desarrollar esas jóvenes intenciones de narrar que nacieron en esos días pero también durante los talleres que desde los 17 años realizó en ARGRA Escuela, luego con Jorge Sáenz y Adriana Lestido. Entiende que un día ganado es un día en donde hay creación, porque siempre le sucedió así, desde chico con el futbol, la poesía y ahora la fotografía.

Sus primeras imágenes, a los 15 años, eran de personajes que veía durante los trámites que realizaba a su padre, llevando una Nikon F que tomó de su estudio. “Anónimos en el asfalto” era la serie, en donde tomaba retratos a una bella vendedora de flores, a un hombre en la esquina, etc y acompañaba con versos propios. Elige el blanco y negro desde entonces porque no es real, no es la forma en que vemos y por eso nos lleva a algo más profundo que el color y en su sentir así es más poético.

Sobre el arte afirma que lo encuentra cuando algo lo conmueve y a él le sucede pocas veces. Es que se necesita desarrollar fineza en el espíritu, tener un entendimiento alto del asunto que se está retratando para pulsar esa fibra en quienes ven el trabajo después.

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(Foto del trabajo “El costo humano de los agrotóxicos” por P.E. Piovano)

Recuerda especialmente los talleres que del 2004 al 2008 brindaba en la Isla Maciel a lxs chicxs del barrio y que se refleja en el libro “Ojos y voces de la Isla” con imágenes solo de lxs alumnxs. Si bien piensa que no les cambió la vida sabe que esos momentos compartidos eran un presente que lxs alejaba de la realidad y funcionaba para conectarlxs con algo positivo mientras tanto, y eso valió la pena y fue arte.

Entonces en medio de la fiebre de la nota de tapa que impera en la profesión, de la foto del día y el olvido, decidió dedicarse a contar historias de largo aliento a la par de su habitual trabajo de reportero gráfico. Con las referencias de Joseph Kudelka y Robert Frank, entre otros, comenzó a realizar ensayos como aquel que hizo en un conventillo sobre el movimiento piquetero y derivó en la cuestión central de la vivienda o el registro del Hogar de Ancianxs San Martin, en donde pasó incluso navidades.

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(Foto del trabajo “El costo humano de los agrotóxicos” por P.E. Piovano)

La pregunta inevitable sobre los límites para mantenerse objetivo en el trabajo documental la contesta convencido: documentar es caminar sobre una línea, involucrarse con el dolor, procesarlo, poder verlo con lucidez y así volver para seguir narrando. Se trata de tomar algo de distancia para editar, salir a la superficie para tomar aire, ver lo que falta hasta terminar la historia para contar la verdad. Una verdad que, asevera, es emocional, nunca la verdad es “la Verdad” porque siempre pasa por nosotrxs. Eso es fundamental para él, ejercitar de búsqueda del equilibrio entre la mirada autoral y el registro, estar en el centro, en una época signada por la exaltación de la mirada y el privilegio del artista por sobre el tema.

Cuando se lo interroga por los temas que tiene pendientes para retratar sin dudar dice que son los urgentes, los de la Madre Tierra, con la que tiene un fluido acuerdo. Desea aprender, para encontrar la belleza, porque de eso se trata la vida. Le interesan el medio ambiente, los derechos humanos y las cuestiones de los pueblos originarios, expresados en los movimientos positivos, para contar lo que no se está contando, porque ese es su oficio, guardar memoria, narrar con imágenes.

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(Foto del trabajo “El costo humano de los agrotóxicos” por P.E. Piovano)

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