Identidades nacionales y territorios ocupados en Omar, de Hany Abu-Assad

Por Jesica Berman

Las películas palestinas desde el año 2000 se basan en hechos sociales comunes: la ocupación, la ausencia de un estado y la lucha por el derecho de retorno para construir una identidad nacional que trascienda la diáspora fragmentada. La ocupación israelí y la opresión son representadas a través de la exposición de los puestos de control, los bloqueos de carreteras y muros divisorios.

Para empezar a hablar de “Omar, es importante situar primero su contexto social y político: Israel y Palestina se encuentran divididas por el muro de Cisjordania, el que ha sido construído por el gobierno israelí en el año 2002 con motivo del conflicto entre ambas naciones. Esa división con 721 kilómetros de extensión, ha separado familias, detenido posibilidades de crecimiento e impedido la atención médica adecuada para sus habitantes. Estas circunstancias que acompañan la división de los territorios son el punto de partida que eligió el realizador israelí de origen palestino, Hany Abu-Assad – el mismo de “Paradise Now”  (2005) –  para su último film Omar (2013).

El protagonista, Omar, (Adam Bakri) forma parte de un grupo armado en contra de la ocupación israelí. Cotidianamente trabaja en una panadería y todos los días se enfrenta con el desafío de cruzar el muro. Atraviesa techos, cornisas y se encuentra siempre al filo del peligro. La cámara lo sigue en sus movimientos y sigue su ritmo, el montaje logra acelerar los escapes y la transgresión. La quietud, en oposición, puede significar su pérdida y su fin.

Cruzar el muro también es encontrarse con el amor. Sus sentimientos por Nadia (Leem Lubany) son verdaderos pero mantenidos en la clandestinidad. Se ven a escondidas e intercambian las cartas que se escriben uno al otro, aunque la realidad puede cambiar si ella termina de comprometerse con otro hombre por imposición de la familia.

En la trama hay dos conflictos que van entrelazándose: la consolidación del amor y la lucha por liberación de su país. Éste último se ve limitado cuando el protagonista cae en manos del ejército israelí. Durante el proceso de detención vemos cómo se somete al prisionero por todos los medios hasta lograr que delate a sus compañeros. Como espectadores, somos testigos de su aislamiento, de las marcas que su cuerpo  va tolerando por las torturas y el sometimiento. Ahora la pregunta es: ¿Se podrá sostener el silencio por mucho tiempo? ¿Cuán fuerte son sus principios?

Los conflictos políticos tejen el entramado de la historia donde se ponen en juego la lealtad, la integridad moral y los afectos del personaje vinculados a la relación con Nadia y a su territorio. Es clave a su vez, la tensión que se construye en el triángulo de negociaciones formado por Omar, su grupo de amigos y el ejercito israelí.

Hany Abu-Assad logra un film sólido porque denuncia un estado que se encuentra colmado de inseguridad, de sumisión y de violencia. Se percibe un clima de inestabilidad constante que afecta a cada uno de los ciudadanos palestinos.

La historia de amor es la suavidad que encuentran las imágenes, el alivio necesario para tanta tensión, sin perder el foco de principal interés del realizador sobre la búsqueda de la liberación y la paz para su pueblo.

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