La La Land, y la vuelta al CinemaScope del amor

Por María Victoria Martín (Maky)

El jueves pasado hizo su entrada triunfante a las salas comerciales el nuevo film de Damien Chazelle: La La Land (2016), que bien podría formar parte de la tercera entrega musical en la filmografía de dicho peculiar y jovial director.

A modo de sinopsis la historia se centra en la ciudad de Los Angeles, donde Mia y Sebastian se conocen por medio de enredos y situaciones embarazosas hasta alcanzar el clímax y satisfacer con su historia de amor. Mia (Emma Stone) representa a una joven actriz con afán de éxito, admiradora de los grandes clichés del cine “clásico”. En la otra vereda (inclusive melódica y cromática) tenemos a Sebastian (Ryan Gosling) un joven pianista que fantasea  con abrir su propio club de jazz, con el deseo de revivir todo aquello que parece haber muerto. En una descripción vaga e inmediata del film, se trata de dos amantes de la nostalgia, de un pasado no vivido, de el reflejo de un sueño que los descoloca y confunde, un sueño que gotea frustración.

La trama del film es una trampa al ojo, usa como mediador diegético la idea de un musical y teje un aspecto más opaco, menos “iluminado” acerca del deseo. El triunfo posee una contrapartida, como bien muestra Chazelle en los planos dedicados a los personajes en su intimidad, su subjetividad, un fondo obscuro que los rodea, solos frente a sus reflejos (mejor reconocido dicho efecto en cine como “invisibilidad”).

Tomando como motor discursivo la presencia de espejos o reflejos (así como de homenajes) Chazelle parece jugar con la parodia del héroe,  según el espacio en el que se encuentren los personajes, resultará la escena. De ser un espacio con cinismo, los planos delinearán vulgaridad y sobreexposición. Mientras que en escenas intimas, y románticas veremos gestos, bailes y cameos lentos, apaciguados, casi intactos.

El uso de la cámara según los personajes es algo para destacar. A Sebastian lo representa en lagunas de tiempo. Con miradas. Mientras que Mia resulta todo un despliegue y movimiento de cámara constante, como su personalidad. En definitiva Chazelle solo desea hacer hincapié en conocer a partir de planos a los personajes (como sucede en “Wiplash” y su excelsa opera prima “Guy and Madeline on a Park Bench”).

El despliegue técnico no resulta abrumador, solo un componente de las situaciones. El plano secuencia y travelling del comienzo dibuja esa perspectiva histórica que posee Hollywood que no define a los personajes, simplemente los sumerge en su genérica melodía. Las canciones resultan preámbulos de los hechos que acaecen en el film, evidencian el posible acontecimiento, por consiguiente el metraje posee un único spoiler: Las canciones.  Son aquellas que nos presentan los temas del film. El amanecer y el reconocimiento de la pareja resultan en “Another Day of Sun”, mientras que los deseos de Mia se presentan en “Someone In The Crowd” y en “The Fools Who Dream”. En cuanto a Sebastian,  se muestra reticente a cambiar mucho de estilo,  lo acompaña “City Of Stars” y aquella melodía recurrente que interpreta en sus solos de piano: “Mia & Sebastian’s Theme”.

Teniendo en cuenta de los rasgos distintivos del film, se definen algunas cuestiones. Muchos ensayos hablan del film en referencia a musicales predecesores, citan “Moulin Rouge”, “One From Heart, Singing in The Rain”, “Los paraguas de Cherburgo”, etc  y los toman como tópicos referenciales.  Sí,  en cierto punto Chazelle busca invocar al cine de antaño  aunque sin ánimos de homenajearlo literalmente ni tampoco teniendo como plan ser reconocido por poner comillas en sus planos para remarcar la etimología del cine. Al contrario se nutre de escenas “muertas” del cine. Escenas o films que son historia, que forman parte de ese muro pintado por el que camina Mia , vistas de Griffith Park, o los míticos clubes de jazz, incluso la aparición de J.K. Simmons es parte de ese pasado. Se empeña en ilustrar una historia de amor que a simple vista da la sensación de ser un simple estereotipado film plagado de canciones y menciones cinematográficas  y en realidad deja a la vista que el cine no tiene necesidad de ser perfecto, por lo cual los actores no son profesionales, ni las canciones buscan sobrepasar otros soundtracks del cine, y la historia resulta solo entretenida y no el galardón visual musical de la era Moderna.

La La Land nunca será un film pretencioso, La La Land es esa imagen nostálgica de un pasado no tan lejano que por más que no sea nítida o posea el mejor encuadre otorga una mueca de felicidad al desprevenido y eso es mucho.

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