BAILARINA EN LA OSCURIDAD

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Por Lautaro Heger

Lars Von Trier puede ser tan atrayente como rechazado. Su sentido ético y estético del cine se alía con un mal entendimiento novedoso que puede tirar por la borda muchas de sus propuestas o de sus cuestionables logros. Por eso resulta ejemplar un filme como Bailarina en la oscuridad, por su sentido de libertad creadora, por partir de las propuestas que hicieron posible el dogma e invertir sus planteamientos desde un punto de vista estético y creativo. Original en su desarrollo, no en cuanto a temas o mezcolanzas de género. Lo es en cuánto sabe, de manera perfecta, asumir otros mundos y hacerlos propios y personales. Por ejemplo, el tema que cuenta no es más que un melodrama tipo o típico que ha encontrado en el cine su máximo esplendor con muchos realizadores, empezando por Griffith. No sería raro emparentar a la heroína de Trier con alguna de Griffith (por ejemplo, Lucy de Lirios rotos), personajes perseguidos hasta la muerte por un destino cruel o arrojados a un abismo impensables. Pero, con todo, Selma (así se llama el personaje principal maravillosamente interpretado por Björk) está más cerca de Gelsomina (Giuleta Masina en La Strada) o Cabiria (nuevamente Giuletta Masina aunque ahora en Las noches de Cabiria), ambos personajes de Fellini, que de las mujeres sufrientes en la estela creadora de Griffith. Al igual que Gelsomina y Cabiria, Selma es un personaje sensible pero torpe, casi lindante su torpeza con un retraso mental, que la conduce a encarar sus desgracias con actitudes casi infantiloides. Selma no es inteligente sino todo lo contrario. Sólo hace falta ver como acerca su lengua a la nariz, sus reiterados gestos o sus acciones (guardar el dinero en la casa, trabajar sin descanso, llevar la promesa o el secreto hasta la muerte). Sus acciones nos dicen cómo es Selma. Su mundo interior, la búsqueda más bien de ese mundo, nos la devuelven, sin embargo, como un ser único, ajeno al mundo, ausente de sus maldades. Un ser que cree en la entrega desinteresada de los otros y que por ello se entrega a ellos. Selma es una mujer trágica que siente en sí la necesidad del sacrificio y, por tanto, de morir por los demás. Su sensibilidad le lleva a buscar su riqueza interior. De ahí ese final donde se dice que la última canción no sonará mientras nosotros no queramos. Es la idea de Trier, ya presente en Rompiendo olas: el sacrificio lleva a la expiación y al triunfo aunque sea después de la muerte. Sobre Selma, en la conclusión del filme, se cierra un telón, que sirve para separarla de los otros. Es parecido a lo que ocurría al personaje sacrificado femenino de Rompiendo olas al final: un canto a la resurrección más allá de la muerte dado por el alegre toque de las campanas movidas por una mano invisible. La escena de Selma lanzando sus gafas al río cuando viene el tren y diciendo que es mejor no ver más, nunca más. es la gran sintetizadora de la película, y esa síntesis es compartida por una frase muy similar: «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven» de la novela Ensayo sobre la ceguera de José Saramago.

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