¿Qué ve usted en un graffiti?

Por Agustín Arispe

 

Hace poco escuché decir por ahí que lo argentinos tenemos la capacidad semiótica de un niño de diez años. Con todo el respeto que me merecen los niños de diez años, tal vez deberíamos pensar en lo cierto y lo triste de esa frase, si es que la misma es adecuada.

 

¿Qué sería tener la capacidad semiótica de un niño? Algo así como tener un nivel superficial de significación (o sea, de poder de asignar valor a los signos). Un globo amarillo significa fiesta y alegría. Juego y diversión. Diversión infantil del que se conforma con hacer rebotar un globo con un par de amigos. Pero los globos se desinflan y la diversión pasa rápido porque, o olvidamos nuestro globito amarillo por un nuevo capricho, o  se pincha.

Otro ejemplo de capacidad semiótica reducida, una que creo que no le atañe ni a un niño de diez años, se dio hace dos días en el Encuentro Nacional de Mujeres. Y no me refiero al ya aberrante y despreciable hecho de la represión al que ya nos tiene acostumbrado el estado sino al de la circulación de argumentos que son dignos de alguien que no sabe sumar dos más dos. Argumentos del tipo que se dan entre los chiquitos en jardín que constan en defenderse a partir de decir que el otro empezó la pelea. Que el primer manotazo lo dio el otro. Que yo no fui. Que no fue mi culpa. Que yo no tengo nada que ver. Esos argumentos vimos circular en las últimas horas y creo que merecen algunas palabras. Palabras de repudio.

¿Hace falta hacer un racconto de los casos de femicidio, violación, desigualdad? ¿Hace falta comentar y ejemplificar todo el tiempo la situación de desigualdad y de dominación que sufren las mujeres? ¿Hace falta estar todo el tiempo recordando, enfatizando y subrayando que a las mujeres las matan, las discriminan, le niegan derechos, las acusan, las encarcelan, las repudian? ¿Realmente hace falta? Parece que sí porque de lo contrario no estaríamos discutiendo una y otra vez las formas. Que si hubo una pintada, que si hubo un escrache. Que agredieron a tal. Que molestaron a cual.  Realmente argumentos bajos y superficiales, en nada comparable con las muertes y las violaciones. En nada comparable con meter a una piba en la cárcel por un aborto que no se realizó. En nada comparable con inventarle causas judiciales a una mujer que se autodefine como pobre y negra para mantenerla encerrada contra todo precedente judicial (y con tanto ser nefasto suelto). En nada comparable con las que se mueren abortando en clínicas clandestinas. En nada comparable con las mujeres que sufren acoso laboral. Y la lista sigue y sigue.

Así que sí. Si usted, compatriota, ve en una pintada o en un escrache en un acto de agresividad, de violación a la propiedad privada o del espacio público, de malos modos, de lo que fuere y no ve las muertes violentas que yo veo, ni las violaciones, ni los maltratos, ni las dominaciones propagada ad infinitum, entonces la discusión se pone difícil. Su lugar de validación de la dominancia patriarcal que asesina y que esclaviza se refuerza con cada comentario pelotudo que justifica palazos y balas. Y la verdad, si usted no se quiere hacer cargo se sus responsabilidades como reproductor de patrones de una sociedad asesina donde una pared blanca y bien pintada es un tótem sagrado de la careteada de creer que se vive en un país civilizado mientras en casa nos fajan, es problema suyo, porque en lo que a mí respecta salir a limpiar la vereda y pintar una grafiteada (si le molesta) es un precio bajísimo a pagar (monetario y simbólico) por tantos cadáveres de mujeres que producimos con trabajo infatigable día tras día. A mí no deja de asombrarme la hipocresía de exigir el respeto por lo privado y por lo público cuando en este país no se respeta lo más básico y lo más sagrado que es la vida humana.

Volviendo, tener capacidad semiótica básica es ver un grafiti (o lo que fuere) y descubrir en él el daño a la propiedad. Sé que se puede ir un poco más a fondo. Yo por ejemplo veo un grafiti y descubro todo lo que les pasa a las mujeres, que se corporiza en un grafiti o en un escrache porque esta sociedad trata sin descanso de ocultar a toda costa como el muerto (metáforica y literalmente) incómodo que es.

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